Lima la ingobernable

“La desobediencia a cualquier tipo de reglas comunes pesa más en esta ciudad, reino de la informalidad, que cualquier decreto gubernamental”.

Al mismo tiempo de causarnos horror e incertidumbre, el COVID-19 nos saca de algunos terribles estados de ficción, como creer que Lima es en verdad gobernable y viable.

Desde mi adolescencia en los años 60, no he conocido una Lima que no sea, por el contrario, ingobernable, con el problema adicional de que quienes llegaron al máximo sillón municipal pensaron más en hacer obras y más obras, olvidándose de lo principal: de gobernarla.

Lima no es más la ciudad jardín de hace algún siglo, ni la síntesis del Perú de Valdelomar, ni la horrible que describía Salazar Bondy, ni la del desborde popular que investigaba Matos Mar. Lima es, sin hipocresías ni falsos rodeos, la ciudad capital más ingobernable de América Latina.

No solo la ruptura de jerarquías de orden metropolitano, sino la desobediencia a cualquier tipo de reglas comunes, incluida la mínima de respeto por la otra persona, pesa más en esta ciudad, reino de la informalidad, que cualquier decreto gubernamental o estado de sitio. Tanto o más grave es aún la ausencia de la autoridad provincial sobre todas las distritales de la capital, de la misma forma como las administraciones regionales tienen pintado en la pared al Gobierno Central, con excepción de sus salarios bien cobrados.

Eso de que el Estado Peruano es uno e indivisible y de que su Gobierno es unitario resultan otra ficción a la hora en la que los caciques territoriales de Lima y provincias hacen lo que les vienen en gana, al punto de decidir quién invierte y quién no invierte en sus áreas de dominio político, que son áreas del Estado.

¡Si el presidente Vizcarra estuviera de verdad encima de toda la organización política del país! ¡Si el alcalde provincial Jorge Muñoz no tuviera que ceder ante cualquier improvisado mandón distrital!

La cruel ironía del COVID-19 es que no trae consigo ni prevención ni curación seguras, mientras arrasa con la vida de millones de personas; y su piadosa ironía es que despierta ideas en cadena para salvar de la incompetencia a gobiernos y estados del mundo en el manejo de muchas cosas como la salud, abandonadas a su suerte.

El caos que representa Lima, 1) con su autoridad dispersa en 42 autonomías políticas distritales, 2) con zonificaciones urbanas hechas al capricho de cada turno municipal, 3) con un sistema de transporte, terminales y peajes que obedece a la inercia más que a un orden establecido, 4) con mercados tradicionales y modernos sobrepasados por la pandemia y 5) con puntos de entrada y salida norte, sur, este y oeste, que han colapsado a falta de anillos circundantes, hace que no solo el alcalde Muñoz se sienta impotente y rendido, sino también el presidente Vizcarra.

Sin temor a equivocarme, ningún alcalde que precedió a Muñoz abrigó realmente el propósito de hacer un gobierno metropolitano, porque su mirada estaba puesta en el Gobierno Central. El azar electoral convirtió, así, a los alcaldes provinciales en candidatos presidenciales y a los alcaldes distritales en caciques intramuros. Hasta el legendario Taulichusco tuvo mejor suerte como autoridad única de estas tierras.

Lamentablemente el tiempo juega en contra de la eficiencia y legitimidad del alcalde Muñoz. No le queda sino hacer el mayor esfuerzo por legarnos el mejor diseño estructural, jurídico, económico, urbanístico e intervial de la Lima Metropolitana del futuro. No asentada en 42 reparticiones incompetentes entre sí como hasta hoy, sino en un máximo de cinco macrounidades administrativas articuladas en una alcaldía mayor. Camino al 2030, unos 20 millones de habitantes estarán esperando por servicios integrales de la más alta calidad.

El presidencialismo peruano tradicional redujo siempre el poder municipal de Lima, para poder reinar sobre él, cuando debió hacer lo contrario: que el poder y la gobernabilidad de Lima fuesen las piedras angulares mágicas del poder presidencial y la gobernabilidad del país.

He aquí algo sobre lo que Muñoz y Vizcarra, juntos, podrían empezar a hablar, soñar, hacer y cambiar. (Juan Paredes Castro)

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