José Jerí Oré: nuevo presidente del Congreso, viejas prácticas y el silencio frente a denuncias graves
La política peruana ha dado una nueva muestra de cinismo institucional. José Jerí Oré, actual congresista de Somos Perú, asumió la presidencia del Congreso con una sonrisa protocolar, pero sin responder por los serios cuestionamientos que arrastra. Denuncias por tráfico de influencias, abuso de poder y uso indebido de recursos públicos manchan su historial. Aun así, la mayoría parlamentaria lo premió con el cargo más alto del Legislativo.
El silencio de Jerí frente a estas acusaciones no solo inquieta, también revela un patrón peligroso: la normalización de la impunidad en la política. La ética se desvanece cuando el Congreso, en lugar de exigir explicaciones, elige mirar a otro lado. Jerí ha evitado pronunciarse con claridad sobre las investigaciones que lo involucran directamente, especialmente aquellas relacionadas con presuntas presiones a funcionarios para favorecer a allegados.
No se trata solo de un caso aislado. En los últimos años, varios congresistas con denuncias activas han escalado posiciones dentro del Legislativo. La presidencia de Jerí se suma a esa tendencia alarmante donde el prontuario pesa menos que el cálculo político. Las denuncias no se desmienten ni se enfrentan, simplemente se ignoran, mientras la población pierde confianza en sus instituciones.
Peor aún, Jerí llega al cargo en un momento en que el país demanda transparencia y liderazgo ético. El Congreso, desprestigiado y con niveles de aprobación en caída libre, necesitaba una figura capaz de dar señales claras de rectitud. En cambio, coloca al frente a un político envuelto en sombras.
Este escenario refleja una triste realidad: en el Perú, la ética dejó de ser un requisito para gobernar. Hoy basta con sumar votos, aunque pesen denuncias. La política se volvió un refugio para el blindaje personal, no un espacio de servicio público.
José Jerí tiene la oportunidad —y la obligación— de aclarar su situación ante la justicia y ante el país. De no hacerlo, su presidencia arrastrará el mismo descrédito que hoy mancha al Congreso entero.










































