Secuestro, ejecución y encubrimiento en Áncash
El caso de los campesinos del Santa no admite matices: fue un secuestro seguido de ejecución en pleno gobierno de Alberto Fujimori. La madrugada del 2 de mayo de 1992, un comando armado irrumpió en viviendas del distrito del Santa, en Áncash. Golpeó, redujo y se llevó a nueve pobladores. Nunca regresaron.
Años después, las investigaciones confirmaron lo que las familias denunciaron desde el inicio: los ejecutaron y los enterraron clandestinamente. El Estado no solo falló. Encubrió.
Áncash en los noventa: miedo, poder y represalias
El crimen contra los campesinos del Santa ocurrió en un contexto de guerra interna, pero también de control político. Sendero Luminoso operaba en la zona. El Estado respondió con una estrategia que desdibujó los límites legales.
En paralelo, campesinos organizados exigían tierras y denunciaban abusos empresariales. El conflicto con la empresa San Dionisio tensó la zona. Luego llegó el pretexto: vincular a dirigentes con terrorismo.
Esa etiqueta marcó el destino de las víctimas.
Cómo operó el grupo Colina contra los campesinos del Santa
El operativo no fue improvisado. El jefe directo del Grupo Colina fue el mayor del Ejército Santiago Martín Rivas. Él coordinaba y ejecutaba las operaciones encubiertas.
Llegaron en camionetas sin placas. Usaron armas largas. Vestían como fuerzas del orden. Entraron casa por casa en La Huaca, Javier Heraud y San Carlos.
El patrón se repitió:
- irrupción violenta
- golpes sistemáticos
- amenazas a familias
- secuestro selectivo
Antes de retirarse, dejaron pintas senderistas. Una puesta en escena para encubrir la autoría estatal.
Ejecución de los campesinos del Santa: desaparición y entierro clandestino
Carlos Alberto Barrientos Velásquez, Roberto Barrientos Velásquez, Denis Atilio Castillo Chávez, Federico Coquis Velásquez, Gilmer Ramiro León Velásquez,
Pedro Pablo López Gonzáles, Jesús Manfredo Noriega Ríos, Carlos Martín Tarazona More y Jorge Luis Tarazona More, los campesinos del Santa no fueron retenidos. Fueron ejecutados horas después.
Los propios testimonios lo confirman. El grupo llevó palas, picos y cal. No buscaban interrogar. Buscaban desaparecer.
Enterraron los cuerpos cerca de la Panamericana Norte. Sin registro, evitando dejar rastros e indudablemente, sin justicia.
Esto no fue un exceso. Fue una operación diseñada para matar.
Campesinos del Santa y el gobierno de Fujimori: encubrimiento e impunidad
El crimen ocurrió bajo el gobierno de Alberto Fujimori. Y la reacción del Estado siguió una línea clara: bloquear.
Las familias acudieron a la Policía. No recibieron denuncias. Intentaron pasar a Chimbote. La Marina lo impidió. Buscaron a la Fiscalía. Encontraron silencio.
El hábeas corpus fracasó. Las investigaciones se paralizaron.
En 1995, el régimen cerró el caso con leyes de amnistía. Blindó a militares y policías. Legalizó la impunidad.
Responsables identificados, justicia incompleta
Las investigaciones posteriores —incluido el informe de la Comisión de la Verdad— señalaron al grupo Colina como responsable del crimen contra los campesinos del Santa.
Algunos integrantes fueron condenados. Otros siguen sin responder ante la justicia.
Casos como Barrios Altos y La Cantuta evidencian un patrón. Santa no fue excepción. Fue parte del mismo engranaje.
Incluso hoy, las sentencias llegan tarde y de forma parcial.
Presión internacional y deuda pendiente
La denuncia llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El organismo pidió investigar y sancionar.
El Estado peruano tardó años en reaccionar. Reabrió procesos tras la caída del régimen en 2000. Pero la justicia sigue incompleta.
El caso de los campesinos del Santa permanece abierto en la memoria y en los tribunales.
24 años después: la impunidad persiste
Han pasado 24 años. El crimen sigue marcando a Áncash.
No fue un error. No fue un exceso. Fue una decisión ejecutada desde el poder.
Los campesinos del Santa no murieron en combate. Fueron eliminados.
Mientras no exista justicia plena, el mensaje sigue intacto: el Estado puede matar y tardar décadas en responder.
Y esa es la verdadera herida que aún no cierra.