La voz del pueblo se escucha con sangre?

La corrupción, la impunidad y el populismo han debilitado al Estado peruano y han fortalecido la expresión callejera del descontento popular, sino basta ver atrapada la voluntad del presidente en una frase que trata de justificar su falta de autoridad en Arequipa: “La voz del pueblo es la voz de Dios”.

¿Se escuchará la voz del pueblo sin que haya necesidad de violencia y muerte…o solo se la escucha con derramamiento de sangre?

Ayer fue Conga y la Ley Pulpín, hoy lo es Tía María, mañana el problema podría ser peor.

Lo cierto es que el ciudadano de a pie ha renunciado al diálogo, porque no cree en sus gobernantes, en sus congresistas, en sus magistrados, en su policía nacional, es decir no cree en el sistema que nos administra, gobierna e imparte justicia; peor aún en la clase política que debería hacer el contrapeso en la convivencia democrática que todo pueblo aspira.

A una corrupción evidente en todos los niveles del gobierno, se suma la impunidad que le brindan quienes deberían administrar justicia, y el blindaje político que le otorgan los congresistas de la República.

Con esa patética realidad como fuente de indignación, la voz del pueblo expresa su deseo de ver a todos estos viles actores de nuestra tragedia nacional con el castigo que se merecen. ¡A todos por igual! Si gobernantes envueltos en casos de corrupción van a prisión, ¿qué impedimento hay para que magistrados y congresistas corruptos tengan el mismo destino? ¿Acaso con una simple destitución de fiscales y jueces deshonestos, o con la suspensión de congresistas corruptos se apagará la voz del pueblo?

El gobierno de Ollanta Humala debe abandonar el populismo y su precoz campaña electoral y asumir la tarea que se hace necesaria y urgente en estos críticos momentos en auxilio del Estado, para imponer su autoridad y fortalecer su presencia.

Si no tranquiliza al pueblo con sanciones ejemplares a quienes han instalado la corrupción en su seno, el oportunismo político va a sacar provecho del momento y va a desestabilizar a su gobierno, acompañando al descontento popular en cualquier escenario que encuentre propicio a sus afanes.

Para que el gobierno central pueda devolver la calma al pueblo, debe ir pensando en establecer penas más duras a los corruptos y dejar de lado los guantes de seda con los que está tratando a quienes manchan la imagen del Poder Judicial, Ministerio Público y Congreso de la República. Esa es la voz del pueblo, la voz de Dios.

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